Invierno en Venecia

La bruma, el frío intenso y una tenue luz grisácea que lo envuelve todo y acentúan, aún mas, el carácter irreal de esta ciudad. Es invierno, es Venecia. Desde su origen humilde, construida en el siglo V en tierras pantanosas y en el interior de una laguna, hasta convertirse en ciudad-estado durante más de diez siglos, llegó a ser una de las principales potencias económicas del mundo. Dos insignes que comparten nombre revelan parte de la historia de la ciudad: Marco Polo, veneciano de nacimiento y notable explorador del Lejano Oriente durante la Edad Media y San Marcos, el evangelista, veneciano de adopción y cuyas reliquias se conservan en la Basílica de San Marcos, construida expresamente para albergar sus restos, una magnifica construcción que no hay que perderse.   

La ciudad de las islas, los canales y puentes, de las calles estrechas, de las fachadas decadentes, del “Aqua alta”, de los vaporettos, de los palacios y del romanticismo por antonomasia. Perderse por sus callejuelas laberínticas, tomar un capuchino en uno de los cafés de la Piazza de San Marcos, cruzar uno de sus “Campos”, observar el Gran Canal apoyado en la barandilla del Puente de Rialto, visitar el Palacio Ducal, cruzar el Puente de los Suspiros , disfrutar de un paseo en góndola o saborear los mejores spaguettis al aglio e olio que he comido en mi vida (qué pena no poder recordar el nombre del restaurante…), asistir a una representación en La Fenice, visitar cualquiera de sus magníficos museos, comprar una máscara, asistir al Carnaval, subir a la Torre del Campanile con sus magníficas vistas, hablar con los venecianos… Venecia cautiva y enamora. Es un placer pasear por sus calles vacías, silenciosas y oscuras solo iluminadas con sus inconfundibles farolas. Sin turistas y con algún vecino de semblante tranquilo y amante de su ciudad. 

Llegamos a Venecia una fría noche de febrero. Cuando ya existía internet, pero todavía no teníamos acceso al roaming para consultar el navegador en el móvil. Sólo disponíamos de un número, el 1279 y un nombre, Ca’ Pozzo que correspondía a la calle y al alojamiento en donde había reservado nuestra estancia. Cogimos el vaporetto e íbamos prácticamente solos. El hotelito estaba lejos del centro, en Cannaregio, uno de los seis barrios de la ciudad, que fue gueto judío allá por el 1500. Sabíamos que El Barrio se situaba al norte de Venecia  justo por encima del Gran Canal. en Cannaregio han vivido personajes ilustres: Marco Polo, Tiziano o Tintoretto son algunos de ellos. 

El vaporetto avanzaba por el Gran Canal entre brumas y luces tenues. Una visión que me pareció mágica. El vaporetto llegó a la parada correspondiente y con el número 1279 en la mano y la calle Ca’ Pozzo empezó la caminata que se preveía corta pero secaba alargando. Las edificaciones en Venecia no tienen un número correlativo que corresponda a una calle. Estamos acostumbrados a seguir la numeración hasta encontrar el edificio identificado por el número que encontramos sin. mayor dificultad. Venecia es diferente y nos dimos cuenta al poco tiempo de haber bajado del vaporetto y buscar sin éxito la dirección del hotel. Nos olvidamos del plano y seguimos caminando. Cada edificio tiene una numeración especifica para cada barrio pero no empieza en el “1” y sigue correlativamente. La ciudad estaba desierta, no había nadie por las calles y la noche era fría. Solo oíamos el ruido de las maletas al ser arrastradas y nuestros pasos. Cada vez estábamos más desorientados. No podíamos utilizar el móvil y llamar al hotel, así que era una cuestión de obligado cumplimiento el encontrarlo, si no queríamos dormir bajo alguno de los puentes de Venecia

Un señor despistado que parecía conocer el barrio, apareció en medio de la nada al girar una esquina. Le preguntamos. Nos indicó en qué dirección teníamos que seguir (por supuesto la contraria a la que íbamos). Teníamos que seguir bordeando el canal hasta llegar a un puente y allí encontramos el tal Ca’ Pozzo. Pero Ca’ Pozzo no aparecía por ningún lado. Me senté ya dispuesta a pagar lo que fuera por una llamada al hotel y justo al lado del banco de piedra, había un “passaggio” con un soportal que se desviaba a la izquierda del canal principal por donde caminábamos. A pesar de la oscuridad, atisbé a leer Ca’Pozzo . Entramos en el callejón oscuro y al final del mismo estaba el hotel . Venecia es un auténtico laberinto y tuvo su encanto lograr encontrar una dirección imposible sin mapas, navegadores y móvil. Todo un reto.

Venecia, en invierno, es una joya. Única, irrenunciable, atractiva y deliciosa.

Autor entrada: Bea

Bea
Soy Bea. Me encanta viajar y fotografiar. Viajo desde siempre y siempre que puedo . Conocer , experimentar y rodar por el mundo.

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