En Río de Janeiro se encuentra la favela más grande de Brasil y América Latina. Rocinha es una ciudad dentro de la ciudad. Allí viven unas 250.000 personas -aunque la cifra real se desconoce- en una pronunciada ladera que ofrece vistas impresionantes de la ciudad y el Océano Atlántico. Es posible visitarla a través de una agencia que tenga permiso para acceder a la favela con turistas. Visitar Rocinha, la favela más grande de Brasil, es toda una experiencia.
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La ciudad de las favelas
En un país que crece a un ritmo acelerado, como afirman todos los indicadores, y a pesar de que la clase media se expande, sigue abierta la herida de la desigualdad y se ha acentuado en las últimas décadas, al compás de la urbanización masiva. En Río de Janeiro es muy patente.

Las gentes más desfavorecidas han abandonada el hábitat rural para trasladarse a la ciudad. Hoy, el 80% de los brasileños viven en urbes. Quienes no han podido encontrar trabajo se han visto obligados a buscar un lugar en uno de los muchos barrios que han crecido en la periferia de Río, ya sea en las laderas o en la llanura: las favelas. En la actualidad existen unas 700, de una gran diversidad. Las hay formadas por viviendas unifamiliares y otras en el interior de edificios ocupados.

El carácter improvisado de las favelas, las mantiene en una lucha continua contra la naturaleza. Son habituales los desprendimientos de tierra provocados por las lluvias, los problemas relacionados con la higiene y la delincuencia vinculada al tráfico de drogas o el negocio de la prostitución. Algunas se han convertido en comunidades tranquilas, aunque muy pobres. En los últimos años ha mejorado la situación. Gracias a las iniciativas de autoayuda y proyectos destinados a integrarlas plenamente en el tejido urbano, transformándose en barrios por derecho propio. Sin embargo, queda mucho por hacer.

Breve historia de Rocinha
En los años 30 nace a partir de una antigua hacienda dividida en pequeñas parcelas agrícolas. Los primeros residentes vendían sus hortalizas en el mercado local. Cuando la gente preguntaba de dónde venían los alimentos, respondían que de “su rocinha” (pequeña granja). Entre 1950-1980, el éxodo rural, principalmente del noreste de Brasil, masificó la llegada de trabajadores que buscaban empleo en la construcción del Río moderno. Pasó de ser un conjunto de chabolas de madera a una densa red de construcciones de ladrillo y hormigón de varios pisos. Actualmente, lejos de la imagen exclusiva de precariedad, Rocinha funciona como “una ciudad dentro de la ciudad”.
Durante el Mundial de Fútbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de Río 2016, Rocinha vivió un periodo de intensa transformación, marcado por promesas de integración urbana, una presencia militar sin precedentes y una visibilidad mediática global. La llamada “Operación de Pacificación”, más de 1.500 policías y militares tomaron Rocinha sin disparar un solo tiro.
Se instaló la Unidad de Policia Pacificadora (UPP) para arrebatar el control territorial al narcotráfico y proyectar seguridad internacional. Rocinha se convirtió en un polo turístico alternativo. Hostales y viviendas locales alojaron miles de hinchas extranjeros. Sin embargo, la tensión creció tras la desaparición en 2013 de Amarildo de Souza, un albañil local torturado por la policía, lo que desató protestas durante el torneo. Durante los Juegos Olímpicos se inauguraron obras de infraestructura como la estación de metro São Conrado/ Rocinha, Los enfrentamientos entre la policía y facciones criminales repuntaron poco antes y durante las Olimpiadas.
La cobertura mediática atrajo a periodistas, atletas y turistas. Decenas de proyectos comunitarios de arte, surf y gastronomía ganaron financiación externa y visibilidad internacional. Sin embargo, tras el cierre de los Juegos Olímpicos en 2016, la profunda crisis financiera del estado de Río de Janeiro y los escándalos de corrupción provocaron el desmantelamiento progresivo del programa de pacificación marcando el regreso de violencia armada y el colapso de la UPP. En 2017 la favela sufrió violentos enfrentamientos armados por el control del territorio. En la llamada guerra del crimen, el gobierno federal tuvo que desplegar a casi 1.000 efectivos de las Fuerzas Armadas para cercar la comunidad, paralizando el comercio e interrumpiendo las clases de miles de niños. La llegada del COVID-19 mostró las graves carencias estructurales de la favela.
Mi experiencia en la favela Rocinha
Durante nuestra estancia en Río de Janeiro en 2025, surgió la oportunidad de visitar la favela Rocinha y me recordó a mi visita de la Comuna 13 en Medellín. Decidimos hacerlo aunque no es una visita para todo el mundo. No es barato, costó 45€ al cambio y comporta sus riesgos, a pesar de que si entras con personas autorizada, parece seguro. Un Jeep nos vino a buscar al hotel al grupo que habíamos decidido hacer la visita. En su interior nos esperaban dos chicos, el conductor y otro que hacía las funciones de guía y acompañante. Mientras cruzábamos la ciudad para llegar hasta la ladera en donde se ubica Rocinha, éste último nos fue explicando cuestiones relacionadas con la favela.

Una podría pensar que no disponen ni de los servicios mínimos. Error, la favela cuenta con toda la infraestructura necesaria para vivir. Comercios, hospital, farmacias, sucursales bancarias, agencias de viaje y hasta un periódico local. Eso si, la luz está conectada ilegalmente y no pagan por ella.
Si viajas solo, la forma más rápida de subir a la parte alta de la favela es hacerlo en una motocicleta conducida por un residente que conoce cada curva de la montaña como la palma de su mano. A medida que ascendíamos por la Estrada da Gávea, el contraste urbano se volvía aplastante. Abajo quedaban las torres de lujo y la playa. Arriba, una intrincada maraña de ladrillo rojo, cables de electricidad entrelazados y un laberinto vertical donde viven cientos de miles de almas. Paramos frente a un estercolero improvisado lleno de basura.

Al bajarme lo que me impactó no fue la precariedad, sino la escala de su vida cotidiana. Rocinha no es un campamento temporal, es una ciudad pulsante e hiperactiva. Caminando por sus callejones más estrechos, me crucé con sus habitantes. Niños regresando del colegio, repartidores esquivando escalones, panaderías con olor a pão de queijo recién hecho y pequeñas barberías con la música funk sonando a todo volumen. El guía, un joven nacido y criado en la comunidad, nos llevó a una terraza en una de las zonas más elevadas. La vista desde allí producía una extraña sensación de vértigo social y geográfico. A nuestros pies se extendía el mar de tejados de la favela, y justo detrás, el contraste impecable del Océano Atlántico y los barrios acomodados de Río.

Mientras tomábamos un jugo de açaí, explicaba orgulloso cómo la propia comunidad se habí organizado para construir sus casas y gestionar su día a día a pesar del abandono institucional y los estigmas de la violencia. Uno de los momentos más reveladores de la visita ocurrió al cruzar el umbral de una vivienda local. En un pequeño espacio adaptado , un grupo de jóvenes de la comunidad nos ofreció una demostración de capoeira. Entre el ritmo del berimbau, los cantos y los ágiles movimientos en el aire, quedaba claro que allí la cultura no es un espectáculo turístico. Más bien un refugio de resistencia social, disciplina y orgullo para la juventud de la favela.

Para los jóvenes de la favela, actuar frente a visitantes internacionales no es solo una exhibición, es una forma de mostrar orgullo por su cultura, ganar reconocimiento y construir puentes con el exterior sin perder su dignidad. Disfruto con sus ágiles movimientos y me fotografío con ellos.


Además de la gran terraza con vistas, en este espacio reducido han encontrado rincones para que los visitantes hagan sus fotos coloridas y alegres. Un guiño a las omnipresentes redes sociales.
Dejar Rocinha te imprime una impronta extraña, una mezcla de vértigo, admiración y un silencio repentino mientras la montaña se aleja por el espejo retrovisor. Al bajar a la asfaltada y silenciosa avenida de São Conrado, la transición es casi agresiva. Pasas en cuestión de minutos del laberinto y callejones estrechos a la calma fría de las urbanizaciones de lujo. Ese choque te obliga a procesar la brutal desigualdad que coexiste a solo unos metros de distancia.

Cuesta encajar la paradoja entre el abandono institucional y la fuerza transformadora de su gente. Te admira cómo la comunidad ha construido su propia ciudad dentro de la ciudad, inventando soluciones donde el Estado solo dejó ausencias. Y surge una pregunta inevitable sobre tu propio papel como visitante. Te queda la inquietud de si tu presencia suma o resta, y el deseo sincero de que el beneficio de esa visita haya quedado en las manos de quienes te abrieron las puertas de su casa.
Te alejas con la certeza de que has visitado un lugar golpeado por la ausencia del Estado, sí, pero sobre todo habitado por una dignidad y una fuerza colectiva que se quedan contigo mucho después de que la favela desaparezca de tu vista.
Curiosidades de Rocinha
- Una economía propia: cuenta con su propio comercio hiperdesarrollado
- Transporte en moto-taxi: debido a las estrechas callejuelas y pendientes empinadas, el principal medio de transporte interno son miles de mototaxis, un servicio rápido y popular para moverse entre la parte baja y alta de la favela.
- Infraestructura verticalizada: la mayoría de las casas está construidas con ladrillo y hormigón, alcanzando 3 o 4 pisos que van construyendo a medida que crece la familia y para aprovechar el espacio limitado en la ladera del cerro.
- Ubicación de contraste: esta rodeada por dos de los barrios más ricos y costosos de Río de Janeiro, São Conrado y Gávea, lo que genera un contraste urbano radical.
- Escenario de cine y videojuegos: Rocinha ha inspirado y servido de localizacion para producciones internacionales como Fast & Furius 5.

- Direcciones sin calle: gran parte de las viviendas no tienen código postal o dirección formal. Para recibir correspondencia, la comunidad utiliza la Carteiro Amigo, una empresa local creada para distribuir el correo en pasillos no cartografiados.
- Red de internet comunitaria: cuenta con proveedores locales de internet por fibra óptica diseñados por los propios vecinos para dar cobertura en zonas donde las grandes empresas de telecomunicaciones no entran.
- Su propia escuela de Samba: Acadêmicos de Rocinha, fundada en 1988, es su propia escuela de samba y compite activamente en los desfiles oficiales del Carnaval de Río de Janeiro.

- Arquitectura de autoconstrucción: es objeto de estudio para arquitectos de todo el mundo debido a su densidad urbana, donde las terrazas de unas casas sirven de cimiento para las de arriba, maximizando el espacio vertical.
- El teleférico fantasma: se construyó un sistema de teleférico para conectar las zonas altas de la favela con el metro como parte de proyectos gubernamentales, sin embargo lleva años inoperativo por falta de mantenimiento y financiación.

- Caminos invisibles: mapas tradicionales como Google Maps no logran rastrear el laberinto interno.
- Impuestos de la propiedad: la inmensa mayoría de las viviendas no pagan el impuesto municipal de la propiedad porque no cuentan con títulos ni escrituras oficiales. Al no estar las tierras regularizadas formalmente por el Ayuntamiento. la municipalidad no puede emitir ese cobro legalmente.
Los “gatos” son los postes de luz saturados con miles de cables entrelazados y los electricistas locales son los únicos capaces de identificar a qué casa pertenece cada cable

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