El Nido del Tigre: un lugar mágico que remueve emociones

Escena 1: Después de superar un desnivel de 900 en una altitud de más de 3100 metros, llego al punto desde el que observar esta maravilla que aquí denominan “Taktshang”. El grupo ya ha ido llegando y yo hago lo propio con la ayuda de Mandhoj, nuestro guía y hoy improvisado hombro en el que apoyarme para poder salvar los más de 800 escalones que están por venir. Una compañera del grupo, ha decidido consultar unos resultados médicos que tiene disponibles en internet.  Hoy la tecnología permite eso: conectarte desde un lugar recóndito y acceder a la información. Gurú Rinpoche no tuvo esa opción cuando llegó hasta aquí hace siglos, eso sí lo hizo volando a lomos de una tigresa. Ella tiene dudas. Tiene miedo. Pero decide hacerlo, ahora y frente al Nido del Tigre. Buenas noticias: los resultados están bien. No hay de qué preocuparse. Ella respira tranquila. Nosotros también. Un gran momento con un final feliz.

Escena 2: Mi compañera de habitación con la que hemos estado compartiendo horas de charla y experiencias, me está esperando a la entrada del templo principal de los trece que conforman este monasterio. Me ayuda a subir los elevados peldaños para acceder al interior. Entramos juntas. No ha sido algo previsto, sino que ha fluido así. Prácticamente no la he visto en toda la subida al Nido del Tigre. Ella, una experimentada montañera, ha ascendido en tiempo récord. Un paseo. Está contenta y orgullosa de que yo también lo haya conseguido. Lo veo en sus ojos. Y en su sonrisa. La motivación y la enorme emoción de encontrarme en un lugar tan especial, me han impulsado a llegar hasta aquí. Subimos el último escalón y entramos. Acceder juntas a este lugar, no es cualquier cosa…

Escena 3: Entro en uno de los templos y me encuentro a uno de los compañeros estirado en el suelo, en un rincón. Ha tenido un vahído. La altura, el esfuerzo, la emoción o una mezcla de todo. Junto a él, dos compañeras se han puesto en marcha rápidamente: una le coloca las piernas en posición vertical y la otra improvisa una sesión de Reiki en pleno Nido del Tigre. Los peregrinos van entrando al templo sin reparar en la escena. Ellos tienen cuestiones más divinas de las que ocuparse. Aquí se viene a rezar frente al altar y solicitar a las deidades un buen karma. Todo mucho más profundo que un prosaico mareo.

Escena 4: Vamos recorriendo los rincones de esta maravilla Patrimonio de la Humanidad. Coincido con una de las compañeras en uno de los extremos del acantilado, desde el que se observa el Valle de Paro en toda su magnitud. Precioso. Limpio. Amplio. Verde. El sol y un cielo azul cobalto lo inundan todo. Al inicio de la ascensión ambas hemos decidido que subiríamos a pie, con nuestros propios medios y sin utilizar los caballos a disposición de aquellos que los precisen. Ese era el plan inicial. Pero cuando ha llegado el momento de subir al caballo, ha sido un impulso, un instante: “No voy a subir al caballo”, le digo. “Yo tampoco”, me contesta. “Nos vamos a pie y conseguiremos llegar”, concluye. Sin pensar ni recapacitar. Un mero impulso y un momento de complicidad. Ahora, en lo alto y después de haber conseguido llegar al final, nos sentimos satisfechas y contentas disfrutando de este soberbio paisaje. Absortas con estas vistas, ella se saca de la muñeca su pulsera de cordón con colorines, que generosamente nos regaló otra compañera a cada uno, en nuestro primer día de viaje. Se ha convertido en un amuleto y un vínculo entre todos los integrantes del grupo. Se saca, pues, su pulsera y me pide que me saque la mía. “Nos las vamos a intercambiar”, comenta resuelta. “Yo he llevado ésta durante todo el viaje y quiero que ahora la lleves tú. La tuya la llevaré yo”. Un momento precioso a la altura de un lugar tan especial. Las dos nos sonreímos y seguimos disfrutando del paisaje. Sigo con la pulsera puesta. Lo que une el Nido del Tigre, nada ni nadie es capaz de romperlo. 

Escribo estas líneas de camino a Kamakura, a una hora escasa en tren desde Tokio. Pensando en el Nido del Tigre y en las emociones generadas. Un viaje irrepetible, que ha dejado huella.

Autor entrada: Bea

Bea
Soy Bea. Me encanta viajar y fotografiar. Viajo desde siempre y siempre que puedo . Conocer , experimentar y rodar por el mundo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *