Siempre es interesante tener una ciudad favorita que visitar con cierta frecuencia. Mi relación con Nueva York es una historia de amor perenne. Me gusta seguirle la pista y de vez en cuando hacerle una visita, como esas parejas que se reencuentran con ilusión después de un tiempo sin verse. Conviene visitar Nueva York si es posible a menudo. Esta es mi experiencia en Nueva York, cuatro viajes a la Gran Manzana.

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La Nueva York de finales de los 80
La conocí en 1989 y no estaba en su mejor momento. Una época decadente con elevados índices de criminalidad, en donde el metro era recomendable no utilizarlo, el barrio de Haarlem peligroso y ya no digamos el Bronx. Se percibía hostilidad. El primer día me mancharon la espalda con ketchup sin darme ni cuenta. Por aquel entonces, las Torres Gemelas presidían el mítico skyline de la ciudad. La Quinta Avenida no gozaba del glamour actual, sin exhibir las primeras marcas mundiales de lujo. El vestíbulo de la elevada Torre Trump era el signo de ostentación y riqueza por antonomasia, con sus brillantes dorados, mármoles y cascada interior. Chinatown era auténticamente china y el Empire State el edificio más emblemático de la ciudad.

Recuerdo con nitidez estar situada en la Torre Sur del World Trade Center, apoyada en la fachada, mirando hacia el cielo y viendo cómo las líneas de acero exteriores se perdían en el azul infinito. Tengo grabada en mi mente esa imagen. Subí hasta la plataforma de observación, en un rápido ascensor que en pocos segundos me transportó al piso 107. Desde la azotea de la torre, muy lejos del concepto actual de “mirador”, completamente exterior, la vista de la ciudad era fantástica. Nunca olvidaré aquella sensación y panorámica: Midtown, Central Park, el Empire State… Todo Manhattan frente a mí. Disfruté del momento prácticamente sola sin poder imaginar que, algún día, estas torres serían brutalmente destruidas junto al enorme complejo que lo rodea.

Nueva York en 2010
Años más tarde, volví a reencontrarme con Nueva York en uno de mis cuatro viajes a la Gran Manzana en época navideña. Encontré una ciudad más limpia, segura y atractiva. El metro se podía utilizar sin problema durante el día y la noche. Un enorme solar en el que se ubicaban las Torres Gemelas, estaba vallado y una lona con imágenes de las obras cubría todo el perímetro. Habían pasado nueve años de la tragedia. Por entonces decían que la reconstrucción todavía iba a tardar en ejecutarse. Una exposición improvisada en un local cercano a las obras, exhibía imágenes del fatídico día. Costaba mirarlas sin sentir un profundo vacío.

Sin embargo, Nueva York estaba bonita. Visitar la ciudad en navidad es una experiencia única. Ya se había inaugurado un tramo de la High Line, que permite pasear por una antigua línea de ferrocarril elevada reconvertida en jardines. Recientes y originales restaurantes y hoteles, fieles a la nueva esencia de Nueva York, ya atraían a propios y foráneos. La Gran Manzana se estaba convirtiendo en el epicentro del mundo.
Nueva York en 2018
Vuelvo a Nueva York en otro de mis viajes a la Gran Manzana y lo hago treinta y siete años después de la primera vez, esta vez sola, en un otoño suave y soleado. El día se despierta con un cielo azul que invita a pasear. Decido ir caminando desde Midtown hasta Dowtown por mis calles y rutas favoritas. Es viernes por la tarde y ya ha finalizado la sesión de bolsa en Wall Street. Los brokers se echan al asfalto con relucientes y caros zapatos a juego con trajes de precio prohibitivo. Algunos suben a helicópteros que les llevarán en pocos minutos a los Hamptons de Long Island, en donde tienen mansiones millonarias, sobrevolando la concentración de acero y cristal del Financial District.

Estoy ansiosa por conocer el nuevo World Trade Center ya finalizado, han pasado 17 años desde el atentado. Descubro el impresionante mirador One World Observatory, el más alto de la ciudad. Antes encuentro el Oculus, el nuevo intercambiador de transporte, obra del arquitecto español Santiago Calatrava. Me parece un prodigio de la arquitectura. Espectacular por fuera y por dentro. Ya lo veo, aparece ante mi esbelto y elegante, el rascacielos más alto del hemisferio occidental mide 1776 pies, un guiño al año de la declaración de independencia de los Estados Unidos. Muy americano.

El espectáculo del One World Observatory empieza en el ascensor y sigue hasta que te sitúas frente a los cristales que permiten gozar de una panorámica imponente. Preciosas vistas del cercano East River y los puentes de Manhattan, seguido por 360 grados de una amplia visión. Un rascacielos más que añadir a los edificios más emblemáticos de la ciudad. Ya en el pavimento de nuevo y con una resaca de emociones, después de visitar el Memorial y Museo del 11S, me dirijo a Battery Park para volver al ferry que años atrás me llevó a Staten Island. Sigue siendo gratuito.

Desde la popa del barco, a medida que avanzo por el Hudson, observo feliz cómo se va alejando el nuevo skyline de Manhattan. Con la sensación de estar en un espacio de libertad, sin importar si has nacido aquí o allá. En el momento que te lanzas a sus calles, te conviertes en un neoyorquino más y nadie te recuerda que eres extranjero. Es una de las percepciones que más me gustan de este lugar.

Nueva York en 2025
De nuevo en casa ya han pasado siete años -con pandemia incluida- desde mi último viaje a Nueva York, sin embargo parece una eternidad. Con el paso del tiempo, percibo que cuando no te bastan los vídeos de YouTube, las fotografías de Instagram, las tradicionales revistas de viajes o las nuevas reseñas en la prensa, ha llegado el momento de volver a subirme a un avión para cruzar el Atlántico y recuperar las emociones de la Gran Manzana. He estado tentada de trasladarme a mi querida Nueva York por un tiempo, pero estoy convencida que perdería la ilusión que mantengo viva en la distancia.

Y en eso estoy, sobrevolando el océano para reencontrarme de nuevo con “ella”. Una ciudad que no es la capital de su país, ni siquiera la capital de su estado, pero a la que nadie discute su condición de capital del mundo. Un encuentro con un paisaje totalmente reconocible aunque no hayas puesto los pies aquí.

Dicen que Nueva York acoge y propone sueños. Y a eso voy: a soñar despierta. Una ciudad llena de ciudades, de barrios con su propia personalidad. Una ciudad que retiene su identidad al mismo tiempo que estimula un cambio constante. Un nuevo rascacielos, nuevos miradores y nuevos barrios.

Había leído sobre el espectacular proyecto de Hudson Yards y allí que fui al día siguiente de mi llegada después de haber dormido poco y mal. Una inversión obscena de dinero y un despliegue tecnológico pilotan esta zona al oeste de Manhattan, que ha llegado para quedarse en las agendas de los viajeros que visitan Nueva York. Un edificio-escultura, el Vessel, ahora reabierto, sorprende al visitante.



A su espalda un nuevo rascacielos con un mirador que bate récords: el más alto de la ciudad al aire libre. En los bajos del edificio un lujoso centro comercial que además de tiendas de lujo y marcas reconocidas, alberga un “cachito de España”. Se llama Little Spain y es un proyecto gastronómico de José Andrés y los hermanos Adrià. Me gustó, comí bien y a un precio razonable.

Cuando retomo la High Line desde Hudson Yards, por la que ya había paseado en mis anteriores viajes, la veo más viva que nunca. Sobre el antiguo Pier 54 y a la altura de la Calle 13, se asienta Little Island, una de las novedades de este viaje. Un parque público flotante en el río Hudson, nueva zona de recreo gratuita para los neoyorquinos.

Cruzo el puente de Brooklyn por enésima vez en Nueva York en estos cuatro viajes a la Gran Manzana, pero lo hago con la misma ilusión y alegría del primer día. Ahora se puede pasear con más tranquilidad puesto que ya no circulan las bicicletas por aquí. Una vez al otro lado del Hudson, paseo por DUMBO y observo y fotografío las preciosas imágenes del puente perfilándose sobre el skyline de Lower Manhattan. Una imagen mítica que permanece en el ideario neoyorkino colectivo.



Sigo disfrutando de la Gran Manzana y en un nuevo día me encamino hacia otra de las novedades, el edificio One Vanderbilt y su mirador SUMMIT. Enfrente de la mítica Grand Central Terminal se inauguró en plena pandemia el cuarto edificio más alto de Nueva York. Su ubicación privilegiada en pleno Midtown, hace de este impresionante mirador interactivo una de las actuales visitas imperdibles de Manhattan. Una experiencia inmersiva que incluye salas con cientos de espejos creando un efecto óptico increíble. Constato una vez mas: Nueva York es una metrópoli sin parangón en el planeta.


Entre los murales de Kobra -tiene 20 obras en Nueva York– los puestos callejeros de hot dogs y pretzels, galerías de arte en Chelsea, boutiques de marcas de lujo -el edificio de Louis Vuitton en la Quinta Avenida es muy original- los barrios étnicos, como la última incorporación del barrio coreano y los rooftops de moda, el ambiente del centro de la ciudad se mantiene tan intenso como siempre.

Vuelvo al World Trade Center como hago en cada uno de mis viajes a la Gran Manzana y siempre recuerdo cuando subí a las Torres Gemelas. El personal del Memorial 11S coloca una rosa blanca el día del cumpleaños en el nombre de la víctima fallecida. Me conmueve esta tradición que conmemora a las personas desaparecidas.






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