Viajar a Túnez es sumergirse en un mosaico de paisajes y culturas. Desde las arenas doradas del Sáhara, donde el silencio del desierto parece infinito, hasta las aguas turquesas del Mediterráneo que acarician la histórica Cartago, el país ofrece contrastes que enamoran. Ruinas, mercados y zocos, desierto, playas y antiguas ciudades. Dos de sus joyas son la Medina de la ciudad de Túnez y el pueblo azul Sidi Bou Said, a tan sólo 30 minutos de la capital, uno de los rincones más bonitos del Mediterráneo. Túnez: medina mágica y pueblo azul

Túnez es un país pequeño pero diverso, no tan turístico como Marruecos pero igual de atractivo. En pocos días puedes pasar de bañarte en el mar a caminar entre ruinas romanas y dormir bajo las estrellas del Sáhara. Mi primer contacto con Túnez fue en los años 90, encontré un país seguro y tranquilo, con el exotismo propio del norte de África y joyas dignas de ser visitadas como las ruinas de Cartago que narran siglos de historia; la localidad de Tozeur, en el sur, el lago salado de Chott el Jerid; Matmata famosa por ser escenario de Star Wars o Douz, la puerta del Sáhara, ideal para excursiones por el desierto. Un viaje por Túnez, a pesar de ser muchísimo más pequeño que sus vecinos Argelia y Libia, requiere varios días.

Volví a Túnez antes de la Primavera Árabe del año 2011 en un par de ocasiones más: un crucero familiar por el Mediterráneo y una estancia deliciosa de una semana en el hotel The Residence Tunis, un auténtico lujo. En este artículo te propongo una escapada breve para conocer la capital del país, especialmente disfrutar de su magnífica Medina y uno de los pueblos más bonitos del norte africano, Sidi Bou Said, el pueblo azul.

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Medina de Túnez, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO
Caminar por la Medina de Túnez es dejarse envolver por un laberinto donde cada esquina guarda un secreto. Sus callejuelas estrechas respiran siglos de historia: puertas azules de madera tallada que parecen custodiar leyendas familiares, minaretes que se elevan hasta el cielo y aromas de especias que flotan en el aire, invitando a perderse sin mapa por este laberinto. Es la primera Medina del Magreb en ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979 y se considera un tesoro de arquitectura islámica.
En sus zocos bulliciosos conviven artesanos que martillean el cobre, tallan la madera o venden perfumes orientales. Tenderos que ofrecen alfombras teñidas con vivos colores. El pasado y el presente se cruzan en cada mirada, en cada gesto hospitalario. Visitar la Medina de Túnez no es sólo ver un lugar, es sentir que el tiempo se ralentiza y vuelves a un pasado en el que imaginas el susurro de los mercaderes. Déjate guiar por la intuición hasta encontrar un rincón tranquilo donde tomar un té a la menta mientras la ciudad sigue latiendo alrededor.
La La Medina de Túnez, a diferencia de las de Marruecos, tiene techo en la mayoría de su recorrido. Me encanta perderme por las medinas del norte de África sin rumbo fijo. Caminar, observar y disfrutar de la gente, tiendas y zocos. Es una ciudad dentro de la ciudad. El tiempo transcurre lento y al girar en cada callejón, aparece una sorpresa. Colores y olores que te invaden en un mundo más propio de la Edad Media que del siglo XXI.
Un puesto de telas por aquí, uno de babuchas por allá. Un mini restaurante para degustar las especialidades locales. Un hombre sentado viendo la vida pasar. Mujeres, ajenas a los turistas, comprando chilabas y pañuelos para la cabeza. Fieles que acuden a las mezquitas cuya entrada a los turistas está prohibida. Puestos que venden chechiyas, el sombrero rojo de lana típico tunecino. Jaulas para pájaros. Y puertas: azules, amarillas o blancas, todas decoradas con clavos negros creando dibujos geométricos.



¡Terraza, terraza. Pueden subir a la terraza!, nos gritan a nuestro paso por uno de los callejones. Y hay que hacerles caso, puesto que la Medina hay que verla desde arriba. En las azoteas de algunas tiendas se divisan panorámicas inolvidables, con una tranquilidad inusual. Infinitas antenas parabólicas invaden el paisaje entre el que destacan los minaretes de las mezquitas. Y entre paseo y regateo, un té con piñones mientras nos tomamos un descanso antes de proseguir por este Patrimonio de la Humanidad.
Sidi Bou Said: el pueblo azul del mediterráneo
Salimos de la capital y nos dirigimos hacia la costa. A no más de 20 kilómetros, encontramos una joya: el pueblo de Sidi Bou Said. Una armónica combinación en blanco y azul. Subido a una atalaya frente al Mediterráneo, este pueblo tiene sabor a mar. Callejuelas laberínticas, fachadas de un blanco impoluto y unos particulares balcones azules de rejas, muy fotogénicos con las sombras y las luces.


Si eres fan de las puertas y ventanas, este lugar es el paraíso. Aquí, cada detalle es una postal: las bugambilia trepando por las paredes, los cafés con terrazas abiertas al mar y las puertas talladas que parecen cuadros en sí mismas. Y muchas tiendas de artesanía tunecina: plata, cerámica, telas o marionetas.

Sentarse en una terraza con un té a la menta y piñones mientras el sol cae sobre el golfo de Túnez es una de las experiencias que se graban en la memoria. Un instante de felicidad. Si existe una lista de pueblos azules repartidos por el mundo, sin duda, Sidi Bou Said debería aparecer en las primeras posiciones junto a Chefchaouen, en Marruecos.


Entre la diversidad de cafés, destacan dos: el Café de Nattes y Café des Délices. El primero en pleno corazón del pueblo, es un clásico donde los viajeros y artistas se han reunido durante generaciones. Su ambiente auténtico es un imprescindible. El segundo, es un mirador emblemático con terrazas en distintos niveles que ofrecen vistas espectaculares al mar. Perfecto para tomar un té con piñones mientras contemplas el atardecer.

Otros lugares interesantes que visitar en el pueblo azul es Dar el -Annabi, una casa tradicional transformada en museo que muestra cómo vivía una familia tunecina. Sus patios, estancias decoradas y terraza panorámica son una ventana a la cultura local. También puedes visitar el Palacio Ennejma Ezzahra, antigua residencia del barón francés Rodolphe d’Erlanger que aqui encontró el Olimpo de sus inspiración. La mezcla de arquitectura árabe-andaluza y decoración exquisita, alberga actualmente el Centro de Música Árabe y Mediterránea.
Consejos para visitar la Medina de Túnez
- Ve con tiempo: la Medina es un laberinto de callejuelas y lo mejor es perderse sin prisa
- Visita por la mañana: hay más actividad en los mercados y el ambiente es más auténtico
- Cuidado con los guías espontáneos: muchos se ofrecen para acompañarte, pero es mejor contratar un guía oficial si quieres un contexto histórico o pasear a tu aire
- Regatea en los zocos: los precios ya no son lo que eran hace años, pero el regateo es parte de la experiencia
- Descubre rincones ocultos: además de los zocos, busca mezquitas, madrazas y patios interiores que muestran la vida tradicional.

Consejos para visitar Sidi Bou Said
- Cómo llegar: la opción más económica y auténtica para llegar desde la capital es el tren que sale de la estación TGM (Tunis Marine). El trayecto dura unos 30 minutos y es muy barato. Pasa por lugares com Cartago, cuyo sitio arqueológico fue declarado en 1979 Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En taxi es la opción más cómoda y debes acordar el precio antes de subir. El trayecto dura unos 20-25 minutos según el tráfico. El coche de alquiler es ideal si quieres combinar la capital con Cartago, Sidi Bou Said y La Marsa , ciudad costera cerca de la capital. Muchas agencias ofrecen tours de medio día o día completo que combinan Sidi Bou Said y Cartago.
- Visita en día laborable: los fines de semana se llena de visitantes locales y turistas
- Atardecer mágico: uno de los atractivos de Sidi Bou Said. Planea tu visita para quedarte hasta la puesta de sol o pernocta una noche en el pueblo.
- En que época ir: La temporada alta va de junio a septiembre. Las estaciones intermedias de primavera y otoño son, con diferencia, las mejores épocas para visitar Sidi Bou Said






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