Esta isla de aguas turquesas, ciudades de piedra blanca, pintorescos faros, tradición pescadora y de veranos festivos e inviernos silenciosos, mantiene una dualidad como signo de armonía. Menorca, objeto de deseo podría flotar con identidad propia lejos de sus hermanas baleares, porque es uno de los destinos más idílicos del Mediterráneo. Su patrimonio natural y cultural dan buena cuenta de ello.
Volver a Menorca ha sido como abrir una puerta que llevaba décadas cerrada, pero cuyo aroma no había desaparecido del todo. En los años 80, la isla se me quedó grabada con una luz limpia, casi inocente, y un ritmo pausado que parecía ajeno al resto del mundo. Entonces yo también era distinta: sin el bagaje viajero que hoy tengo y dispuesta a dejarme sorprender por cualquier destino lejos de casa. Me reencuentro con Menorca, y lo primero que siento al bajar del ferry es ese mismo viento suave que parece acariciar en vez de empujar. El mar sigue ahí con ese azul imposible que no se olvida. Caminé por calas que reconocí pero ha cambiado mucho la densidad de turistas. Donde antes había silencio, ahora había voces, donde todo parecía secreto, ahora había señales. Pero, aun así, Menorca conserva algo intacto, una esencia que no entiende de décadas.

Me descubrí comparando sin querer: la que fui y la que soy. De una joven a madre de familia acompañada por mi marido, hija y Nala, nuestra perrita. En este viaje, he entendido que el verdadero reencuentro no es solo con la isla sino conmigo misma. Menorca ya no era aquel descubrimiento de juventud, era un puente entre dos tiempos, un lugar donde dos versiones de mí podían encontrarse. ¡Y qué paraíso más idóneo para ello!
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De Maó a Ciutadella
Los dos puntos de entrada a la isla son Mahón, su capital -en catalán Maó con el aeropuerto a 5km- y Ciutadella. Ambas ciudades reciben los ferries que llegan desde la península, especialmente Barcelona y Valencia. Es muy fácil orientarse en Menorca, sólo hace falta trazar la línea que une el este y oeste entre ambas ciudades con una separación de unos 45 kilómetros por carretera. En el trayecto encontramos otras poblaciones como Alaior, Es Mercadal y Ferreries. La capital tiene uno de los puertos naturales más grandes del mundo lleno de barcos, terrazas y vistas al atardecer. Es una ciudad relajada, con calles elegantes, limpias y cierto aire señorial herencia del dominio inglés durante casi 100 años. Maó adquirió ese carácter defensivo que todavía se percibe en sus fuertes y recintos amurallados.


Pasear por el puerto al atardecer, visitar el mercado del Claustro del Carmen y realizar excursiones a calas cercanas son algunas de las actividades gratificantes que aporta Maó.
La capital de la isla hasta que los británicos la trasladaron a Maó en 1722, fue Ciutadella que mantiene su aire señorial en los edificios de piedra porosa y blanca reluciente, en sus palacios y catedral erigida sobre una mezquita del siglo X, de la que ya solo queda el minarete transformado en campanario.

Paseando por el bellísimo centro histórico de la ciudad, destacan las torres de iglesias y conventos, los patios de casas señoriales y la larga lengua del puerto, con la muralla a un lado y los barcos amarrados. Sobre el puerto se levanta el Ayuntamiento que ocupa el Palau del Governador, reformado en 1925 con un diseño inspirado en el antiguo alcázar musulmán.

Las maravillosas calas de Menorca
Menorca es un mosaico de calas que parecen sacadas de un sueño: pequeñas, escondidas, salvajes o serenas… todas con ese azul imposible que se me quedó grabado el primer día que las conocí. Un icono en la isla es Cala Macarella: arena blanca, agua turquesa y pinos que abrazan la bahía. Su hermana pequeña es la Macarelleta, más íntima y escondida. En los 80 eran playas principalmente frecuentadas por gente local y unos pocos turistas que buscaban naturaleza virgen. Macarelleta era ya un lugar muy apreciado por el nudismo. Llegar no era tan sencillo como hoy; los caminos eran de tierra y complicados. Playas vírgenes rodeadas de acantilados calcáreos y densos pinares que llegaban hasta la misma orilla de arena blanca y aguas turquesas.

¡Oh, sorpresa!. En 2025 ya solo se puede acceder a Cala Macarella con un autobús desde Ciutadella. Imposible en coche privado. Si quieres ganarte un chapuzón en las aguas cristalinas de Macarella, prueba llegar a la cala andando, pero pronto por la mañana. Son unos 40 minutos de un bonito paseo entre pinos, recorriendo una de las etapas del Camí de Cavalls que rodea la isla. Otras calas espectaculares del sur de la isla son: Turqueta, Mitjana y Galdana -la única urbanizada- En el norte, destacan Cala Morell, Pilar, Cavalleria y Pregonda a la que se llega después de un paseo de 15 minutos. Lo que está claro es que cuanto más haya que andar y más difícil sea el acceso, menos gente encontraremos en la playa. Eso sí, conocer alguna de las calas famosas implica un buen madrugón ya que los parkings para los coches se llenan muy rápido.



Los faros de Menorca
Podríamos decir sin miedo a equivocarnos que los faros de Menorca se encuentran entre los más pintorescos del Mediterráneo. Si hay algo que guía ese sentimiento de objeto de deseo son sus faros: guardianes silenciosos frente al Mediterráneo. Siento una atracción especial por los faros y por ello escribí este artículo: faros por el mundo, los vigilantes del mar. Siete son los faros que vigilan la isla y cinco los más conocidos. El Cap de Cavalleria es el punto más septentrional de la isla y uno de los rincones imperdibles si la visitas. Este lugar lo tiene todo: acantilados vertiginosos, un faro que vigila la costa, una cueva en forma de ventana sobre el mar y atardeceres de ensueño.

Es aquí, en el norte, donde la isla muestra su lado más indomable. Las vistas son vertiginosas y el mar golpea con fuerza. Es un recordatorio de que hay momentos en la vida en los que hay que mantenerse firme, como una luz en medio de la tormenta. Siguiendo la ruta de faros hacia el este, encontramos uno de los más míticos, el Far de Favàritx. Con su perfil en negro y blanco, rodeado de pizarra oscura, mar indomable y acompañado por la Tramuntana, lleva toda la vida enfrentándose al viento. Seguimos en sentido circular y llegamos al Far de l’Illa de l’Aire, el más alto de la isla y ubicado en un pequeño islote deshabitado en el extremo sureste.

Casi cerrando el círculo llegamos a uno de mis favoritos, el far de Cap d’Artrutx, muy accesible y cercano a Ciutadella pero igual de mágico. Aquí los atardeceres son dorados, suaves y casi íntimos. Tomar una copa durante la puesta de sol en el Artrutx Sea Club -por supuesto, con reserva previa- es uno de los placeres que ofrece esta isla.
Ya hemos dado la vuelta a la isla y llegamos al noroeste, al Far de Punta Nati, a sólo 5 km de Ciutadella que se pueden recorrer en bicicleta. Se levanta en un paisaje árido, apenas sin vegetación y se accede por una estrecha carretera prohibida para coches. Los constantes naufragios a principios del siglo XX motivaron su construcción en 1912.

Cada faro de Menorca es un metáfora: de guía, de calma, de resistencia. No importa en que punto del camino estés… siempre hay una luz esperándote.

La Menorca talayótica
Nos sumergimos en la cultura talayótica , presente en todas las Baleares pero que en Menorca alcanza la impactante cifra de dos monumentos por kilómetro cuadrado. Los recintos de taula -mesa en catalán- son algo exclusivo de esta isla. Estos edificios religiosos de la segunda Edad del Hierro (entre 550 y el 123 a.C.) son parte de su impresionante herencia prehistórica. Sin embargo los elementos más característicos de la prehistoria en Menorca son los talaiots y hay unos 300 repartidos por su territorio. La Menorca Talayótica fue declarada Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2023. En este reconocimiento destaca el excepcional conjunto de 280 yacimientos prehistóricos que incluyen navetas, taules y talaiots. La Naveta del Tudons, monumento funerario con forma de nave invertida, es el enclave talayótico más famoso del conjunto y se encuentra a escasos 6 km de Ciutadella.
Naveta des Tudons, Menorca
El Poblado talayótico de Talatí de Dalt, es uno de los enclaves prehistóricos más notables de la isla. Conserva diferentes monumentos: un talayot de planta elíptica y perfil troncocónico, el recinto de taula, un sector de viviendas o casas y algunas cuevas. Se trata de uno de los más monumentales y bellos de Menorca. Ubicación: Carretera Mahón – Ciudadela (km. 4)

Lithica, un lugar esculpido en piedra
No te pierdas este lugar tan curioso y especial. Lithica, también conocida como las Canteras de S’Hostal, impresiona. Lo que antes fue una cantera de marés, la piedra típica menorquina, hoy es un espacio donde la naturaleza, el arte y el silencio dialogan en perfecta armonía. Caminar por Lithica es adentrarse en un laberinto de piedra con luces y sombras. Los muros verticales tallados durante siglos, crean pasillos geometricos que parecen irreales. A cada paso, el sol dibuja formas cambiantes sobre la piedra. Entre las antiguas paredes de la cantera, emergen espacios verdes inesperados. Lithica también es escenario de conciertos, exposiciones y eventos. A pocos kilómetros en coche desde Ciutadella, encontrarás este lugar mágico e inesperado.

La cantera estuvo en activo desde el siglo XIX hasta finales del XX. Tras su cierre en 1994, se utilizó como huerto de cultivo durante años hasta la fundación sin ánimo de lucro Lithica que la recuperó del abandono y la convirtió en un espacio lúdico y cultural. En verano se convierte en un gran auditorio al aire libre, donde se representan actuaciones de danza, teatro o música con impresionantes puestas en escena. Se puede visitar por libre previo pago de una entrada general de adulto de 10€ y el tiempo medio de la visita es de unos 90 minutos.
Fornells, el alma marinera de Menorca
Este tesoro del norte de la isla es un imperdible en tu viaje a Menorca. Fornells es luz mediterránea, bahía serena, horizonte infinito, aguas cristalinas, un puerto con encanto y esencia menorquina. Cuando llegas aquí tienes la sensación de calma, libertad, serenidad y armonía. ¿Se nota que me encanta este lugar? Sin duda, es un rincón para perderse y reincidir.

Esta localidad marinera nació al abrigo de una amplia bahía en la costa norte, en la que se refugiaban los pescadores después de faenar con sus llaüts, las embarcaciones tradicionales. Aquí el plato marinero local por excelencia es la caldereta de llagosta, patrimonio menorquín por aclamación popular. Cierto es que hoy la caldereta no es un plato al alcance de todos los bolsillos sin embargo, el mar menorquín tiene una diversidad de peces para satisfacer a todos, guisados o la brasa y acompañados de una buena mahonesa que Maó reivindica como invento propio.

La calle principal, el Carrer Major, se encuentra junto al puerto y es una vía emblemática con sus casas blancas de estilo mediterráneo y diversos restaurantes con terraza para saborear las especialidades locales. Siguiendo por la calle Mayor llegarás a la iglesia de Sant Antoni Abad, construida a mediados del siglo XVII con su fachada de un blanco impoluto.

Después de disfrutar de la única población del norte de la isla, puedes tomar un buen baño en alguna de sus calas naturales situadas a lo largo de los tres kilómetros de bahía.
La mejor puesta de sol de la isla
Hay lugares que se sienten y Pont D’en Gil es uno de ellos. Un arco de piedra esculpido por el tiempo, suspendido sobre un mar infinito que respira calma y fuerza a la vez. Aquí, la roca abraza el horizonte y el sol, al caer sobre el mar, transforma el instante en un recuerdo imborrable. Imagina el sol cayendo lentamente, atravesando el arco de piedra, tiñendo el cielo de dorado y tú, en silencio, simplemente mirando. No olvidarás esta imagen tan evocadora.
Además, llegar hasta aquí es bastante sencillo, especialmente si te encuentras por la zona oeste cerca de Ciutadella a sólo 15 minutos de la ciudad. No hay un parking grande pero hay zonas para estacionar el coche cerca. Conviene llegar al menos una hora antes de la puesta de sol, puesto que hay que caminar unos 10 minutos por un sendero hasta la altura del arco. Si te gusta caminar, puedes llegar andando desde Ciutadella en unos 40 minutos por el camino que bordea la costa en algunos tramos.
Algunos iconos menorquines
¿Quién no ha oído hablar del queso de Mahón? El gran símbolo culinario de la isla, es un queso de vaca con Denominación de Origen Protegida, sabor intenso y ligeramente salado. Puede ser tierno, semicurado o curado.
La sobrasada de Menorca, similar a la mallorquina pero más suave, es otro de sus productos estrella. Se elabora con carne de cerdo, pimentón y especias. El llonguet menorquí es uno de los bocados más sencillos pero icónicos de la gastronomía de Menorca. Es un panecillo individual, alargado y crujiente por fuera, pero tierno por dentro. Se abre por arriba con un corte característico y se usa para bocadillos. Los más famosos son con sobrasada y/o queso de Mahón. En la isla es muy típico tomar un llonguet para desayunar, como almuerzo rápido en bares tradicionales. Son famosos Es Llonguet Forn Artesà en Maó y el Bar Imperi en la Plaça des Born en Ciutadella.
Para acompañar a estas delicias, es muy famoso el Gin local, base de la bebida más icónica, la pomada, una mezcla de gin con limonada. Sin duda, es la bebida reina de las fiestas de verano. La marca tradicional es Gin Xoriguer, otro de los iconos de la isla. Esta ginebra artesanal elaborada en el puerto de Maó desde el siglo XVIII no es una ginebra cualquiera. Tiene Indicación Geográfica Protegida (Gin de Mahón) y se considera una de las ginebras más antiguas del Mediterráneo. Todo empezó cuando Menorca estuvo bajo dominio británico y los soldados ingleses querían ginebra pero no había. Los menorquines empezaron a destilar su propia versión y así nació el estilo local que sigue hoy en día.

Y para finalizar esta lista, un toque dulce: la ensaimada, muy conocida en Baleares y también típica en Menorca. Tienen fama las ensaimadas de Forn de Can Marc, en Ferreries. Un horno tradicional muy popular entre los locales ideal para degustar ensaimadas y llonguets. Probé la ensaimada rellena de chocolate y ¡qué delicia!
Las abarcas menorquinas son uno de los símbolos más representativos de la isla de Menorca. Este calzado tradicional combina artesanía, historia y estilo mediterráneo, convirtiéndose en un icono cultural y de moda. Nacieron como un calzado práctico para campesinos y pescadores que necesitaban proteger sus pies del terreno pedregoso de la isla. No puedes marcharte de Menorca sin comprarte unas abarcas. En la fábrica RIA Menorca llevan más de 70 años creando este calzado.

Un elemento muy característico en Menorca son las barreras menorquinas o, localmente en menorquín, barreres d’ullastre. Son puertas rurales artesanales fabricadas con madera de olivo silvestre y diseñadas para cerrar caminos y parcelas delimitados por muros de piedra seca. Son elaboradas por artesanos conocidos como araders. La madera de ullastre es muy resistente y duradera permitiendo que la barrera dure entre 15 y 30 años. Son un símbolo en el paisaje rural menorquín y ya me sorprendieron en mi primer viaje hace décadas. Actualemnte tambien se utilizan en chalets y fincas.
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